SOFIAM

Sociedad de Filosofía Aplicada de México

Inicio     ¿Quiénes Somos?     Colegio     Profesionales     Difusión     Acervo     Contacto      
Edufamilia
Betah
Proyectos de Vida
Edufamilia
 

Desde hace ya bastante tiempo, cuando comencé a ocuparme de estos temas, he sentido una inclinación irresistible a unir a la palabra «sexualidad» a algún término fuertemente ponderativo, hablando así de la grandeza, de la maravilla, de la sublimidad… de la sexualidad humana.
 

Hablar de castidad en pleno siglo XXI puede parecer chocante y anacrónico. Tal vez porque, erróneamente, ese término suele aludir a un conjunto de negaciones del todo ajenas al amor, hasta acabar por identificarse con la pura y simple abstención del trato corporal. Para san Josemaría Escrivá, por el contrario, la castidad conyugal era una virtud tremendamente afirmativa, "una triunfante afirmación del amor", como recoge el título de este artículo. Y lo explicaba así: "La castidad -no simple continencia, sino afirmación decidida de una voluntad enamorada- es una virtud que mantiene la juventud del amor en cualquier estado de vida".
 

Nada más natural, podríamos decir, que lo que surge inevitablemente de los principios configuradores de algo: de su núcleo ontológico más íntimo, propio y constitutivo. Y como el ser es el principio radical y primigenio, el fondo energético original del que dimana cuanto encontramos en un existente, lo natural acabará siendo, en última instancia, lo que para cada uno se deriva del propio ser.
 

El cambio radical que pretendo subrayar con estas líneas es que toda persona requiere de la familia justamente en virtud de su eminencia o valía: de lo que en términos metafísicos podría llamarse su excedencia en el ser.
 

Entre los hombres, debido a nuestra endeblez o indigencia, la familia es necesaria para suplir los déficits que nos aquejan: bien porque todavía no hemos alcanzado la estatura espiritual de individuos adultos, bien porque esa incoada y progresiva grandeza, por razones más o menos coyunturales, se ha visto impedida o mermada.
 

Sí me gustaría apuntar que el medio más concreto y más a la mano para enseñar a amar bien, con auténtica pasión desprendida —también en el seno del hogar, como después apuntaremos—, es justamente el trabajo.
 

Escribe Juan Pablo II: «La familia, fundada y vivificada por el amor, es una comunidad de personas; del hombre y de la mujer esposos, de los padres y de los hijos, de los parientes. Su primer cometido es el de vivir fielmente la realidad de la comunión con el empeño constante de desarrollar una auténtica comunidad de personas.

»El principio interior, la fuerza permanente y la meta última de tal cometido es el amor: así como sin el amor la familia no es una comunidad de personas, así también sin el amor la familia no puede vivir, crecer y perfeccionarse como comunidad de personas».
 

Ideas rectoras aplicables de forma exclusiva o predominante a las primeras etapas del crecimiento de nuestros hijos. La actitud más conveniente con los chicos durante sus años inaugurales, desde el nacimiento hasta la adolescencia.
 

Todo amor educa, por cuanto busca eficazmente el crecimiento personal, el progreso íntegro, del ser amado. Semejante función se cumple si y solo si los elementos integrantes del amor se entienden y ponen en juego de manera correcta.